Hace mucho que no paso por aquí. Han sido
unos meses bastante duros, pero todos muy productivos en el fondo.
En primer lugar, he vuelto al psicólogo dos
veces, dos veces inútiles que no me sirvieron de nada así que no he vuelto a ir. Está mal, lo sé,
pero ir cada 2 meses a un sitio en el que lo único que hacen es decirme “¿Qué
tal estas? ¿Bien? Estupendo, sigue así” y me lean lo que yo apunto en un papel
me parece que lo único que hace es quitarme 3 horas de sueño mañanero que
necesito ya que me acuesto tarde.
He visto la luz al final del túnel, y,
aunque sé que me queda mucho camino por andar, estoy mucho mejor que hace unos
meses, soy capaz de sentirme sexy e incluso creerme que puedo ser deseada, cosa
que para mí es mucho. Además hay alguien que me ha vuelto la esperanza en el
género masculino a base de bien, y que a pesar de no tener nada (aun, espero),
me hace sentirme feliz, optimista y con una sonrisa. Me ha devuelto la ilusión.
También se ha ido la luz de mi vida, después de un año muy duro. Aquí es
donde más me voy a parar. Hoy hace 4 meses que mi abuelo nos dejó, y aunque
estoy destrozada todavía por dentro, sé que está en un lugar mejor, y sobre todo,
en paz, después de 25 años de enfermedades constantes unas detrás de otras. Era
el hombre de acero, que salía de todas aunque tuviera un pie en la tumba y el
otro saltando dentro ya, conseguía salir de todo, hasta que dejó de luchar por
culpa de una mala gestión de los celadores, auxiliares de enfermería y traumatólogos
del HUCA. Sí, fue una negligencia, dejaron de darle la medicación del riñón para
tener que cambiarle menos veces el pañal (tenía la cadera rota y tenían que
usar la grúa), y le mandaron a casa encharcado hasta los pulmones. Volvió a
ingresar esa misma noche y a pesar de todos los esfuerzos del equipo de
medicina interna, a la semana y media de ingresar murió, un día como hoy de
marzo a las 8 y media de la tarde.
Me veo con la necesidad de entrar en
detalles morbosos, porque por primera vez desde el día del funeral me veo capaz
de hablar de ellos. El día anterior, 13 de marzo, viernes, me despertó mi
abuela al teléfono diciéndome que estaba fatal y que tenía que ir a darle la
comida. Mientras me duchaba, me imagine todas las posibles situaciones de mi
vida futura sin él: mis hijos, mi boda, mi trabajo, mi fin de carrera… le
prometí que iba a hacer medicina y es lo que voy a hacer, antes o después,
tarde más o tarde menos. En esa ducha lloré todo lo que tenía que llorar. Tal
vez a algunos que puedan leer esto les suene un poco exagerado, pero mi abuelo
para mí era alguien importante, muy importante, casi tanto como un padre: fue
la persona que me llevó y me trajo del colegio todos los días hasta que tuve 6
o 7 años (luego iba sola) y que me compraba chuches, que vivía con nosotros y
que me crió, sí, mis abuelos me criaron y me tuve que poner en la situación de
perder a alguien que para mí era como un padre. Cuando fui a darle la comida,
se despertó, se giró hacia mí, me sonrió, y siguió durmiendo; tenía puesta
morfina. No morfina de esa que te ponen cuando ya estás en tus últimas para ya
acabar con todo, si no morfina para el dolor, de esta que te deja totalmente
drogado.
Al día siguiente dijeron que estaba
mejor, pero cuando fuimos a verle, botaba en la cama, y nos dijeron las
enfermeras que nos pusiéramos en lo peor, aunque a pesar de eso nos dijeron también
que si había salido tantas veces de situaciones límite como esa, tal vez esta salía
también, y se fue tranquilizando… Ese mismo día por la tarde, todos teníamos la
sensación de que teníamos que estar en el hospital, así que todos hacia las 7
de la tarde decidimos vestirnos para ir al hospital. Cuando nos estábamos vistiendo
nos llamó mi abuela para decirnos que fuéramos corriendo que no le quedaba
mucho, y a las 8 y media, rodeado de toda la gente que le quería (excepto mi
hermana, que no le dijimos nada por ser aun pequeña), se fue.
Cuando escuché su último suspiro, dejé de
llorar, me quedé como un zombi de The Walking Dead mirando al infinito sin
saber qué hacer. Luego fui, le di un beso, un abrazo, le acaricié la cara… Pero
sin llorar, como si no hubiera pasado nada. Y me sacaron de allí mis tíos porque
manifesté mis deseos de no querer ver salir la camilla con la sábana puesta por
encima. Tengo todos los minutos de ese fin de semana grabados en mi mente como
si se tratara de una cinta de video.
Apenas pude dormir esa noche. Apenas pude
llorar esa noche. Apenas pude dejar de pensar esa noche. Y no podía dejar de
pensar que tenía que dormir porque el día siguiente seria el peor día de la
historia, hablando con un montón de gente que no conocía, y llorando como una
magdalena. No fue así para nada.
Toda la gente que me conocía tenía un
especial interés en saber cómo iba a reaccionar, y me lo hicieron saber antes o
después del suceso, debido a mi extraña relación con la muerte. No es ningún secreto
que es algo que me llama mucho y me da miedo a partes iguales y que quiero ser patóloga
forense, y supongo que esta relación poco convencional con la muerte será lo
que me hizo ser yo la que tirara de toda mi familia en esos días, manteniéndome
firme el 90% del tiempo. Solo me decaí un poco cuando abrieron el ataúd (yo lo
pedí), porque fue como que fue una sensación más de realidad dentro del pequeño
paraíso que intentan pintar para nosotros los constructores y decoradores de
tanatorios que hacen ver que la muerte es algo señorial y bonito (que lo es), e
incluso alegre (eso ya no lo es); también me derrumbé en el funeral cuando vi a
un amigo cercano que canta conmigo en el coro y desde ahí hasta que acabó el
funeral fue un no parar de llorar en público. Dentro de lo posible intento no
llorar en público porque me parece algo que no me gusta, incomodo, la gente te
mira, y te sientes mal… me siento incapaz de llorar desconsoladamente en público,
simplemente me caen un par de lágrimas. Yo lloro a gusto en soledad.
Ahora parece que todo el mundo lo ha ido
asumiendo, y quedo yo. Yo cada día me agrieto un poco más porque los primeros días
no me dieron tiempo a estar triste, no me dieron tiempo a llorar a gusto, tenía
que tirar de todos, luego tenía que estudiar, luego tenía que hacer papeles,
luego tenía que mirar por mi beca… y con todo eso tuve que tirar de mi familia
mientras todos lloraban en paz. Ahora me
toca llorar a mí.
-Novia Cadaver
-Novia Cadaver
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